Di un paseo con Kusik por las calles de Toulouse en la mañana temprano. A esta hora, la ciudad aún duerme, las calles están casi vacías, solo algunos transeúntes caminan con prisa hacia sus asuntos. Me encantan estos momentos: caminar por las calles adoquinadas, escuchar el suave sonido de las gotas de lluvia golpeando el suelo, sentir ese aroma fresco que queda en el aire después de una noche lluviosa. Mientras la lluvia no sea demasiado fuerte, le da un encanto especial al paseo.

Seguimos caminando y pronto encuentro un café acogedor con grandes sombrillas. Hay una mesa con una vista perfecta del Capitolio. Me siento, Kusik se acomoda a mi lado, observando el mundo en silencio. Pido un café y un croissant: algo simple, clásico y completamente francés.

La taza caliente reconforta mis manos, y el croissant cruje suavemente cuando parto un trozo. Disfruto este momento con calma, en su simplicidad y pureza. Mi iPhone descansa en mi mano: una pequeña ventana al mundo, permitiéndome estar aquí y, al mismo tiempo, conversar con amigos en diferentes continentes. Es fascinante cómo la tecnología nos conecta, incluso cuando estamos separados por miles de kilómetros.

Pero ahora, solo me siento bajo la sombrilla, escuchando cómo la ciudad despierta, viendo cómo la vida poco a poco vuelve a su ritmo habitual. A veces, solo hay que estar presente—sin prisas, sin planes, sin pensar en el trabajo. Simplemente existir en el momento y dejar que los pensamientos fluyan naturalmente.

Y algún día, quedará claro cómo estos pensamientos matutinos encontrarán su lugar en mi vida.